María nunca le comunicó a su hijo menor, Nicholas, que ella estaba sufriendo una enfermedad que amenazaba su vida. Decidió no hacerlo  porque el niño sólo tenía 7 años y acababa de pasar por la experiencia traumática del divorcio de sus padres. María no le quiso agregar más dolor a su hijo y decidió que lo mejor era que el siguiera viviendo en su mundo infantil. 

Sin embargo, el niño se mostraba molesto cada vez que ella regresaba del médico o del hospital, con vendajes o drenajes. El sabía que algo no andaba bien. En su diario ella le agradece por creerle cuando le explicó que ella sólo tenía un Boo-Boo, y por verla siempre bella hasta en sus peores días.

Nicholas fue su gran incentivo para seguir luchando por su vida.

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