MOSCÚ- La ciudad rusa de Sochi ya pudo ser olímpica en 1998, pero las autoridades soviéticas concluyeron que el coste de la organización era desorbitado, por lo que descartaron presentar su candidatura ante el COI.

Según unos documentos secretos del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) ahora desclasificados, las autoridades escogieron a Sochi tras descartar Alma Atá (Kazajistán) y Bakuriani (Georgia).

Al parecer, el presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, animó a los dirigentes soviéticos, a los que conocía de sus tiempos como embajador español en Moscú, a presentar la candidatura para los Juegos de Invierno de 1998, que a la postre acogió Nagano (Japón).

Otro argumento a favor era el éxito organizativo y económico que supuso para la socialista Yugoslavia la organización de los Juegos de Invierno de Sarajevo en 1984.

Los documentos cedidos por el Archivo Estatal de Rusia muestran que los dirigentes soviéticos cifraron en 650 millones de rublos el dinero necesario para satisfacer las exigencias del COI en materia de instalaciones deportivas e infraestructuras.

Pese a que ese cantidad, aún teniendo en cuenta la inflación, es mucho menor que los 50.000 millones de dólares que ha costado finalmente Sochi 2014, la URSS se echó atrás y Sochi tuvo que esperar a la caída del comunismo para retomar la idea.

Los documentos datan de 1989, dos años antes de la desintegración soviética y cuando el país tenía graves problemas de liquidez, lo que hizo imposible costear la construcción de un gran estadio, varios pabellones, hoteles y carreteras.

Como demuestra la exposición organizada por los Archivos Estatales de Rusia "Top Secret. La URSS y los Juegos de Invierno, 1956-1988", Moscú no se animó a enviar a sus deportistas a unos juegos blancos hasta después de la muerte de Stalin (1953).

Una vez superadas las heridas de la guerra, los deportistas soviéticos se disponían a participar en los Juegos de Invierno de 1952 en Oslo, pero Noruega era miembro de la OTAN, por lo que la URSS decidió esperar a los de 1956, con sede en Italia.

El deporte era una herramienta de propaganda durante la Guerra Fría, por lo que nada se dejaba al azar y los comisarios políticos del PCUS se ocupaban de controlar cada detalle del viaje de los deportistas al exterior con el fin de evitar deserciones.

El partido debía estar al tanto de todo, desde el número de días que vivirían en el extranjero a la cantidad de divisas que recibirían y a su lugar de hospedaje.

Las autoridades soviéticas se quejaban de que los países que acogían los Juegos siempre apoyaban a los equipos rivales y de que los periodistas planteaban a los deportistas soviéticos preguntas políticas provocadoras sobre la vida en la URSS.

De hecho, se recomendaba a los atletas soviéticos hospedarse junto a los deportistas de países del bloque soviético o aliados y no junto a Estados representantes del imperialismo como ocurrió con Chile o Sudáfrica en Lake Placid (1980).

Con todo, no pudieron evitar que los campeones olímpicos de patinaje, la pareja integrada por Oleg Protopopov y Ludmila Beloúsova, aprovecharan una gira por Suiza en 1979 para solicitar asilo político a este país.

El escándalo fue un duro revés para la máquina propagandística soviética, que intentó aminorar el daño causado al acusar a los patinadores de traición y borrando cualquier alusión a sus logros de los libros y archivos.

En el plano deportivo, la URSS dominó con insultante superioridad el medallero de los Juegos de Invierno desde 1956 hasta la desaparición del Estado totalitario en 1991.

Rusia no se ha recuperado desde entonces y, de hecho, en los anteriores Juegos de Vancouver alcanzó su punto más bajo al colgarse únicamente 15 medallas, tres de ellas de oro.

No es casualidad que fueran dos leyendas del deporte soviético, el portero de Hockey sobre hielo Vladislav Tretiak y la patinadora Irina Rodniná las elegidas para encender anoche el pebetero en la inauguración de los Juegos de Sochi.

Ambos deportistas, que fueron tres veces campeones olímpicos y diez campeones del mundo, simbolizan mejor que nadie la añorada hegemonía soviética.

En cambio, en Sochi los patinadores rusos ya no figuran entre los favoritos, mientras la selección rusa de hockey únicamente se ha colgado dos medallas, una de plata y otra de bronce, en los últimos cinco juegos blancos.